La Feria de Abril fue un año más una anfitriona excepcional para quienes, provenientes de los cinco continentes, buscan en la primavera de Sevilla congraciarse con la vida.

Nativos y visitantes se dejaron arrastrar por el torbellino de colores que se adueña del Real durante ocho días, con sus soles y sus lunas. Difícil sustraerse a la belleza que procuran las mañanas con el Paseo de Caballos, un desfile continuo por las calles del recinto de magníficos ejemplares de la raza equina, montados por jinetes y amazonas ataviados de corto, o tirando de forma majestuosa de los distintos tipos de carruaje, algunos autóctonos, otros orgullosos de exhibir con sus nombres su procedencia foránea: landau, milord, break. Y disfrutando de tanta hermosura, bien paseando por las calles, bien en las casetas –el “hogar” donde reciben los sevillanos a sus invitados-, mayores y niños, muchos vistiendo traje flamenco.

Allí comen y beben las familias y los amigos, los conocidos y quienes acaban de saludarse, en un ambiente de alegría que traspasa fronteras –la Feria es un acontecimiento de Interés Turístico Internacional- y fulmina la pesadumbre del espíritu. Hasta que se va el sol y los miles de farolillos encendidos convierten el lugar en un ascua de luz para que los jóvenes y los adultos den el relevo a mayores y niños y amanezca el anochecer. Bailes y cantes en las casetas, deliciosos manjares en las mesas, vino fino y manzanilla en las gargantas, flores en el pelo, amor en las miradas, sonrisas en los labios… Una ofrenda a los sentidos que convierte cada momento en un recuerdo inolvidable. Imaginarlo emociona. Vivirlo…